No hay marcha atrás. Ni siquiera sabemos si la poesía ha muerto o simplemente languidece entre cúmulos de porquería snuff o poetas que se dejan la piel de su córtex afectivo-transmisor para esfumarse no en el anonimato, sino en la fosa común de los no elegidos. Tengamos claro de una vez que ahora la poesía pertenece al mercado, aunque no sea por derecho. No digo toda poesía sea hija predilecta del bombo publicitario hippie-snob, sino que le pertenece al menos la poesía como sombra de stand empresarial.
Ante el gesto despótico de un staff anodino y los gestos en rostros al asistir a un recital de poesía como márketing, la poesía del trono de los poetas está aconteciendo de manera tan sutil y pérfida que nos cuelan ya el código deontológico del todo vale insípido con tal de que tú compres ESTO.
Es sencillamente un sutil-imperialismo que no quisiera –hablo por mí- que extendiera sus tentáculos. Conceder a las masas el deleite de poder escuchar de viva voz unaos versos que arrastran la uña sobre la pizarra, qué generosidad. Y gusta. Este deleite se injerta precisamente porque nos quedan pocos nodos de creatividad en los que creer todavía, no en lo “humano que se pierde” sino en la autopóiesis más radical.
Dado que acostumbramos a hacer nuestros oídos con sonidos piratas, lo mejor que la masa debe hacer –me incluyo en ella, obviamente- es colocarse en la fragata imperial que lleva por nombre LAXA.
Defecar versos y defecarlos cuanto antes. Defeco, luego lo huelo, lo oléis. Quick & self excitation/suffocation.
Sí, hace tiempo que creo en la maldad del binomio Estado-Mercado, afortunadamente este creer tiene fuerza y base, a pesar de que muchos cabezas huecas autoproclamados de “izquierda” perviertan esta resistencia o lucha en pro de alianzas absurdas o de aislamientos nada efectivos. Pero no descuidemos todo esto y hacer absolutismo cuando de cualquier forma hay mercenarios con nombres y apellidos que succionan todo halo vital, en este caso, poético.
Dejemos a las performances en paz, defecar no es en sí una performance y tampoco defecar versos es un acercamiento a la performance. Digámoslo claro, miles de poetas se venden. Pero esto no importa demasiado. Importa qué venden y cómo lo venden. De entrada un poeta no puede, por sí mismo venderse. Ha de hacerse vender, producto. Y, gracias a Discordia, malas hierbas de olor a jazmín brotan entre las ediciones de tapa snoBrutal.
Poesía contra bacterias y bacterias travestidas. Ésta poesía es una poesía vírica no comercial, sino marcial, tampoco se vende, sino que genera afiliados en un grupo acéfalo poético. No se financia la causa, no hay causa, no hay beneficio que invertir si no es en poder seguir editando e infectando. Se facilita la inyección de anti-capitalina en la propia red editorial.
El ejemplar real de “Poesía contra bacterias” en soledad en la mesa, en la repisa de la tienda. Frente a él, la fotografía, el staff estéril por vocación y el stand desafiante. David Sarrión es el nuevo profeta. Sarro en los dientes de una quijada incapaz de morder.
Poesía contra bacterias y poetas hackers produciendo el estilo, el beau-geste. Tan romántico como el amor cortés, tan sucio como el beat exiliado, tan impío como el filibustero.
Parece que solo queda poesía para hablar vagamente de sexo por y para crear expectación de ventas. La finalidad de molestar la vista, el tiempo y al resto. Una para-poesía que intriga en la cultura del Sida emotivo y de la hepatitis pseudofolclórica.
Entre tanto, en algún lugar de este u otro espacio se celebran ritos poéticos de des-purificación y de in-sanación salvaje. Eso consuela, pero no basta. Hay que levantar al hermano verso caído en las garras del Mercado.